- Hay cosas que deberían poder
negociarse. Le dijo, sentado en la cama ya vestido y con la bandeja apoyada sobre su lugar.
-¿Qué decís?, preguntó ella recibiendo el mate que él le acerca cada mañana para despertarla.
-Que hay cosas que deberían poder
negociarse. Insiste él, seguro de que la mitad de lo que le dice no le llega y menos cuando recién despierta.
-¿Cómo qué?. Preguntó ella un poco más despabilada mientras saboreaba su tostada con dulce.
-Como la muerte. Si se pudiera, quisiera negociar la mía...
Y no hablo de saber el día y la hora, aunque en toda negociación hay especulaciones que nos hacen suponer lo que viene. No me refiero al cuándo sino al cómo, y no al cómo en cuanto a la forma en que ha de ocurrir el momento. Lo que quisiera negociar, de poderse, es calidad por tiempo. Si fuera necesario resignaría tiempo por estado. Porque hoy la ciencia consigue que las personas vivan más pero con más enfermedades, y yo no quiero que me "estiren" la vida. Si voy a morir - y de hecho lo haré- prefiero hacerlo antes, pero en pleno disfrute y sin ser una carga para nadie.
Me gustaría morir como mi madre, que activa y lúcida, pero enferma, recibió la noticia un día y veinte más tarde ya no estaba, pero hasta ese último día en que estuvo viva -sin contar los tres del coma- habló, rió y amó.
Y si pudiera elegir, quisiera no despertar una mañana, seguir soñando este sueño que es mi vida.
Y si me dejaran detallarlo, quisiera hacerlo en tus brazos, libre y despojado al fin de todo.